lunes, 12 de abril de 2010

LITTERAE XIII - CARTEL

LITTERAE XIII - PROGRAMA

LITTERAE XIII - PROGRAMA

CONGRESO INTERNACIONAL

LITTERAE XIII

LAS FORMAS DE LOS LIBROS EN LA HISTORIA:

DEL INCUNABLE AL LIBRO DIGITAL

10, 11 y 12 de mayo de 2010

Círculo de Bellas Artes, Madrid - Sala María Zambrano

Decimotercera edición de LITTERAE, Seminario sobre Cultura Escrita

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Dirección: Emilio Torné (uah) y Enrique Villalba (uc3m)

Secretaría: Vanessa de Cruz (uc3m) y Fernando Negredo (uc3m)

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Colaborador principal:

Círculo de Bellas Artes de Madrid

Colaboran:

• Universidad Carlos iii de Madrid

- Vicerrectorado de Grado: Cursos de Humanidades - Vicerrectorado de Investigación - Grupo de Investigación Historia Cultural / Litterae - Instituto de Cultura y Tecnología - Máster en Gestión Cultural

• Ministerio de Ciencia e Innovación

- Proyecto i+d: «Palabra y poder: Escritura, representación y memoria en la Monarquía de los Austrias» (ref. har2008-05529/hist)

Asociación Litterae, Humanidades, Cultura y Sociedad

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Inscripción: La asistencia a todos los actos es libre. Pero para obtener un certificado de asistencia al Congreso es necesario inscribirse el primer día a las 9,30 h y asistir a todas las sesiones.

Información: http://litterae-cultura-escrita.blogspot.com - litterae@hum.uc3m.es

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PROGRAMA

Lunes, 10

Moderador: Enrique Villaba (Universidad Carlos III de Madrid / Litterae)

09.30 Inauguración

10.00 Jean-François Botrel (Universidad de Rennes II / Cátedra de excelencia Universidad Carlos III de Madrid)

Las nuevas formas del libro y los nuevos lectores en el siglo XIX

11.00 Café

11.30 Benito Rial (Historiador del libro y diseñador)

Técnica y diseño del libro en los primeros tiempos de la imprenta

12.30 Debate

16.00 Chema Ribagorda (Escuela de Arte 10)

La Nueva Tipografía: La construcción del mundo legible

17.00 Emilio Gil (TAU Diseño)

Daniel Gil: música en los dedos

18.00 Debate

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Martes, 11

Moderador: Fernando Negredo (Universidad Carlos III de Madrid / Litterae)

10.00 Emilio Torné (Universidad de Alcalá / Litterae)

El canon tipográfico renacentista

11.00 Café

11.30 José Manuel Lucía (Universidad Complutense de Madrid)

El “Quijote ilustrado” y sus diferentes modelos editoriales

12.30 Debate

Moderadora: Vanessa de Cruz (Universidad Carlos iii de Madrid / Litterae)

16.00 Albert Corbeto (Universidad Autónoma de Barcelona)

La letra de imprenta y el resurgir del libro español en el siglo xviii

17.00 Valentín Iglesias (00:03:00 Oficina tresminutos)

La era digital y el futuro del libro

18.00 Debate

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Miércoles, 12

Moderador: Emilio Torné (Universidad de Alcalá / Litterae)

10.00 José Ramón Penela (Unos Tipos Duros)

El té de las cinco: El resurgimiento de la imprenta clásica en Inglaterra

11.30 Laura Borràs (Universidad de Barcelona / Hermeneia)

Formas del libro en la era digital: nuevos formatos y nuevos lectores

12.30 Debate

17.00 Las formas de los libros: entre la edición y el diseño

Mesa redonda. Joaquín Gallego (diseñador), Emilio Gil (diseñador), Valentín Iglesias (diseñador), Manuel Rodríguez Rivero (editor), Luis Suñén (editor) y Fernando Villaverde (editor)

19.00 Clausura

Reseña de" A vueltas con el autor del Lazarillo", de Mercedes Agulló


Erudición detectivesca

ABCD las Artes y las Letras, 10 de abril de 2010

Por Francisco A. Marcos Marín

¿Qué mueve al investigador a aventurarse en los caminos incógnitos de la atribución de autor a ciertas obras literarias? Quizás, dirían Les Luthiers, la falta de capacidad creadora propia o, dijeran otros, el deseo oculto de apropiarse de algo de la fama del autor o, tal vez, una manera de agradecerle el placer de su lectura, devolviendo su nombre al texto. El caso es que no hay erudito que no se haya adentrado alguna vez en la selva de las conjeturas. La autora de este enjundioso estudio tampoco es una excepción. Mas, como se trata de una investigadora capaz e inteligente, envuelve su objetivo principal, presentar a don Diego Hurtado de Mendoza como autor del Lazarillo de Tormes, en el ropaje, perfectamente diseñado, de una investigación profunda sobre testamentos, albaceas, relaciones.

Compensación de una deuda. Ello permite concluir que la aparición en el inventario de los bienes de Juan López de Velasco de Vn legajo de correçiones hechas para la impresión de Laçarillo y Propaladia, en un cajón que guardaba «papeles y libros que recibió al encargársele la administración de los bienes de Hurtado de Mendoza en 1582», es un indicio que refuerza mucho la tesis de que don Diego fue el autor de la vida de Lázaro de Tormes. Una atribución tan antigua como el texto. Todo ello, además, se relaciona con el ansia de libros de Felipe II.

Juan López de Velasco fue secretario de Felipe II, cosmógrafo, gramático, estudioso de las Indias, encargado por el Rey de reunir los libros para formar la Biblioteca de El Escorial y, entre otras muchas cosas, editor de la versión (poco) expurgada del Lazarillo. Todo ello se ofrece de nuevo al investigador como consecuencia del inventario y tasación de los bienes de un abogado, Juan de Valdés, el 27 de abril de 1599, el mismo que había sido testamentario de López de Velasco. Doña Francisca de Valdés, testamentaria de su hermano, añadió al inventario de los bienes de éste el que él había hecho de los de Velasco. Por eso aparecen entre ellos los cajones del embajador Hurtado de Mendoza, guardados por su antiguo administrador. ¿Por qué habría de separar don Diego papeles y libros e incluso repartirlos y esconderlos? La autora lo explica como consecuencia del deseo de que Felipe II no se llevara toda la biblioteca del embajador a El Escorial (como compensación por la cancelación de una deuda que no estaba nada clara), resistencia a lo que considera «rapiña» del Rey, por quien siente una de esas repulsiones que se producen cuando el biógrafo se mimetiza con el biografiado. Esa obsesión real le habría hecho poner al Santo Oficio sobre el Lazarillo, como obra que el Rey sabía que era de don Diego, para presionar a éste y que le cediera sus libros, sin más.

Quema de archivos. Esta trama apasionante permite al lector tener acceso a completas informaciones sobre los libros que formaban parte de la biblioteca de un gran humanista y sobre multitud de aspectos sumamente interesantes a los que sólo se llega tras una larga vida dedicada a una concienzuda investigación archivística. Por ejemplo, la familia Valdés, de Cuenca, a la que muy probablemente pertenecieron don Juan y Doña Francisca. No se olvide que Alfonso de Valdés es uno de los varios autores a los que se ha atribuido el Lazarillo. Desgraciadamente, como se sabe, aunque no se diga, la persecución de los católicos durante la Segunda República causó la quema de muchos archivos, particularmente en Cuenca, donde también ardieron los diez mil libros de la catedral. Se han perdido así fuentes irremplazables.

Aceptar o no la atribución a Hurtado de Mendoza de la autoría del Lazarillo no pone ni quita interés a esta investigación, que vale por sí misma, por los datos que aporta, el mejor conocimiento que proporciona de los bienes de los implicados, con los reflejos socio-económicos pertinentes, además de la información sobre libros y bibliotecas.

Este tipo de investigaciones requiere, para convencer, el complemento del análisis lingüístico, para el que son ayuda imprescindible los corpus del español existentes y las bibliotecas electrónicas. Los datos que estos suministran han de analizarse sabiendo discernir lo general de lo particular. Estos datos concuerdan con quienes han dicho que el Lazarillo fue compuesto por un humanista que conocía bien los escritos de Hernán Núñez conocido como Comendador Griego o el Pinciano, y, especialmente, sus Glosas a Las Trescientas de Juan de Mena (1499 y 1505). A partir de ahí, es libre hacer de detective.

http://www.abc.es/abcd/noticia.asp?id=14281&num=944&sec=32

sábado, 10 de abril de 2010

Noticias sobre A vueltas con el autor del Lazarillo

http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26742/El_Lazarillo_no_es_anonimo

http://www.lavanguardia.es/cultura/noticias/20100305/53896711891/el-lazarillo-de-tormes-ya-no-es-anonimo.html

http://www.libertaddigital.com/sociedad/el-lazarillo-de-tormes-ya-tiene-autor-1276386392/

http://www.diaridetarragona.com/revista/040976/el/lazarillo/tormes/deixar/annim

http://ecodiario.eleconomista.es/libros/noticias/1960056/03/10/Ya-se-conoce-la-autoria-de-El-lazarillo-de-Tormes-.html

http://lomas.excite.es/noticias/10671/El-Lazarillo-de-Tormes-tiene-por-fin-autor

http://www.lne.es/sociedad-cultura/2010/03/06/hurtado-mendoza-autor-lazarillo/882542.html

http://www.farodevigo.es/sociedad-cultura/2010/03/07/documento-confirma-hurtado-mendoza-autor-lazarillo/417752.html

http://www.cope.es/noticia_ampliada_print.php5?not_codigo=146412&secNivel=1

http://www.cope.es/cultura/09-03-10--descubierto-autor-lazarillo-tormes-diego-hurtado-mendoza-146412-1

http://www.elimparcial.es/cultura/en-una-acena-del-tormes-58910.html#

http://www.diariodealcala.es/articulo_c/general/811/anonimos-literarios-existen-muchos-enigmas-acerca-de-la-autoria-de-varios-libros-que-han-pasado-a-la-historia

Por Pilaz Paz Pasamar: http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/651280/noticia/mentideros.html

http://www.diariodecadiz.es/article/opinion/652130/lazarillo.html

http://www.diariodecadiz.es/article/ocio/652961/lazarillo/la/alhambra.html

http://www.diariodesevilla.es/article/ocio/653521/picaro/hurtado/mendoza.html

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/8-3758-2010-03-14.html

http://www.granadahoy.com/article/ocio/653521/picaro/hurtado/mendoza.html

http://bibliotecanestor.blogspot.com/2010/03/quien-escribio-el-lazarillo.html

http://www.clarin.com/diario/2010/03/09/sociedad/s-02155203.htm

El Cultural: El Lazarillo ya tiene autor: Diego Hurtado de Mendoza

Cultural (El Mundo), 5 de marzo de 2010

La paleógrafa Mercedes Agulló descubre los documentos que acreditan la identidad del padre de la primera novela moderna

La noticia es trascendental para la historia de nuestra literatura. El Lazarillo, considerada como la primera novela moderna, embrión del Quijote, no es anónimo, como hasta ahora se ha venido considerando. La paleógrafa más prestigiosa y reconocida en el mundo académico, Mercedes Agulló, documenta en un libro que aparecerá dentro de unos días en la editorial Calambur con el modesto título de A vueltas con el autor del Lazarillo, que Diego Hurtado de Mendoza -personaje fascinante del siglo XVI- es, con toda probabilidad, su autor. Los papeles encontrados por Mercedes Agulló en la testamentaría del cronista López de Velasco, su albacea, así lo acreditan.

Por Blanca Berasategui

Ala gran paleógrafa Mercedes Agulló (Madrid, 1925) le debemos el hallazgo. Lleva Mercedes décadas -toda su vida de investigadora, en realidad- revisando inventarios de libros, buscando en fuentes documentales de todo tipo, así que A vueltas con el autor del Lazarillo “no es el resultado de un hallazgo casual, sino de la tenaz persecución de un hilo durante todo este tiempo”.

La considerada como primera novela moderna -embrión del Quijote- ha sido motivo de estudio de los mejores especialistas. Durante los dos últimos siglos se le han adjudicado autorías distintas y procedencias estéticas e ideológicas muy diversas, pero nunca se había encontrado un testimonio directo que lo relacionara con un autor, y que permitiera un estudio documentado.
El Lazarillo se publicó en 1554 y, al poco tiempo, en 1559, sus supuestas obscenidades e irreverencias lo llevaron al Catálogo de Libros Prohibidos.

Quiere Mercedes Agulló que quede claro que la casualidad no ha intervenido en su investigación. Y para ello quiere empezar por el principio, por su Tesis doctoral, que versó sobre
La imprenta y el comercio de libros en Madrid. Siglos XVI-XVIII.

- Para redactarla me fue necesario consultar la documentación de Archivos parroquiales, Archivo Histórico de Protocolos y el Histórico Nacional, esencialmente. Entre esos documentos figuran muchos Inventarios de libros, tanto de impresores y libreros, como de personajes. Acabada la Tesis, no terminé yo mi tarea sino que la continué con idea de hacer unas “Adiciones”, que en este momento ya tengo preparadas para su publicación, una vez que la Tesis está en Internet, para que al menos sea útil y no esté sometida a “saqueos”. En estas “Adiciones”, he prestado especial atención a los Inventarios y tasaciones y, en mi búsqueda, di con el de los libros pertenecientes a un abogado Juan de Valdés, dueño nada menos que de casi 300 obras (todas inventariadas con su lugar de impresión y año, lo que no es muy habitual). Más importante todavía es que, junto al Inventario de ese Valdés, su hermana y testamentaria realizó el de los bienes y libros de Juan López de Velasco, de quien el abogado había sido testamentario.

Papeles de López de Velasco
“¡Ese Inventario sí que es una auténtica joya y un centón de noticias!”, subraya Mercedes, que está preparando ya un trabajo sobre ambas “librerías” (como se llamaban entonces las bibliotecas). Nos recuerda la autora la importancia de este personaje de la corte de Felipe II, cosmógrafo, gramático, historiador, que poseía una biblioteca impresionante de libros sobre América. Pero, lo más importante, López de Velasco fue encargado (¿por el Rey?) oficialmente de “castigar” el
Lazarillo en 1573, es decir, de podarlo y censurarlo para poder sacarlo del Catálogo de los libros prohibidos.

“Puede suponer -cuenta Mercedes- con qué atención y minuciosidad leí ese Inventario. Junto a un importantísimo bloque documental de “papeles” americanos y una gran parte de las obras de San Isidoro (recogidas en la Cartuja sevillana de Las Cuevas, en León, en Alcalá… porque López de Velasco estaba trabajando en el tema), se encontraba en una serie de serones y cajones el impresionante lote de documentos acumulados por don Diego Hurtado de Mendoza durante su larga vida -75 años- ya que al Cosmógrafo Real se le había encargado la administración de su hacienda. Ahí encontramos, al lado de “Una copia de
Las guerras de Granada y otros papeles de la hacienda de Carmona”, dos líneas que dicen: UN LEGAJO DE CORRECCIONES HECHAS PARA LA IMPRESIÓN DE LAZARILLO Y PROPALADIA.

“Creo que estuve leyendo y releyendo esas dos líneas no sé el tiempo…” añade.
Todo esto lo cuenta Mercedes Agulló con un garbo y una memoria envidiables, impropios de sus 84 años desde su casa de El Puerto de Santa María, donde vive con su perro, su gato y millares de copias de legajos valiosos, que esconderán sin duda secretos de nuestra literatura y nuestra historia. Ahora trabaja sobre tapiceros y bordadores de los siglos XVI al XIX, “pero de lo que sí presumo -dice entre risas- es de ser una buena paleógrafa”.

La afirmación no es baladí porque la lectura de documentos de los siglos XVI y XVII es una tarea complicadísima, casi imposible, para el común de los mortales. A partir de aquel hallazgo, la investigadora confiesa haber invertido en el Lazarillo sus buenos cinco años, “¡ no siempre escribiendo, claro!, sino esperando libros pedidos que tardaban meses en llegar y cuya petición tramitaba Pilar Alcina, sin cuya ayuda no habría sido posible contar con ellos”. Cinco años de comprobaciones, lecturas, “porque un buen investigador debe siempre conocer, antes de escribir una sola línea, lo que ya se ha dicho y escrito”, y en el caso del
Lazarillo la bibliografía casi alcanza la del Quijote…

Museos de Madrid
Mercedes fue directora durante once años de los Museos Municipales de Madrid , que es la actividad profesional de la que se siente más satisfecha. “De mí dependieron -cuenta con orgullo - el viejo Museo (25 años cerrado hasta mi llegada) de la calle de Fuencarral, el Arqueo- lógico, por algún tiempo el Conde Duque y hasta la Ermita de San Antonio de la Florida. Hicimos algunas de las Exposiciones más importantes sobre Madrid; no le doy títulos porque fueron más de cincuenta, y sus catálogos, hoy en su mayoría agotados, son imprescindibles para el estudio de la Villa”.

Cauta y rigurosa, aunque entusiasmada, Mercedes Agulló insiste en que “desde luego, nada puede darse como absolutamente definitivo, pero el hecho de que el legajo con correcciones hechas para la impresión de
Lazarillo se hallara entre los papeles de don Diego Hurtado de Mendoza, me ha permitido desarrollar en mi libro una hipótesis seria sobre la autoría del Lazarillo, que fortalecida por otros hechos y circunstancias apunta sólidamente en la dirección de don Diego”.

-Su investigación da al traste con dos siglos de estudios por parte de prestigiosos especialistas y eruditos como Martín de Riquer, Blecua, Rico, Rosa Navarro...
-Hasta ahora, todas las atribuciones del precioso librillo no han tenido base documental en que apoyarse.Trabajos excepcionales han considerado diferentes aspectos de la obra, la formación y lecturas de su autor, su conocimiento de la sociedad de su tiempo, tan maravillosamente reflejada en la obra, pero no había referencia a un texto que relacionase autor y obra. Para mí todas las opiniones son aceptables y todas tienen su justificación y son resultado de importantes averiguaciones. Yo he analizado el tema desde el punto de vista de un historiador…

A vueltas con el autor del Lazarillo (Calambur) verá la luz dentro de unos días y conoceremos entonces cuál es la reacción de los especialistas. Probablemente haya que cambiar muchas cosas de los libros de literatura. Mientras tanto, la investigadora me transmite esta petición: “Habrá que pedir al alcalde de Madrid que ponga una placa de don Diego Hurtado de Mendoza en la calle de Toledo y en la casa, que yo he localizado, donde murió.”



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¿Quién era Diego Hurtado de Mendoza?

Don Diego Hurtado de Mendoza era un hombre fascinante. Fue el gran personaje público del siglo XVI. Nació en la Alhambra en torno al 1500. Su padre, Íñigo López de Mendoza, Capitán General del Reino de Granada ejercía de gobernador, y el joven Diego recibió una educación exquisita, contando con los mejores preceptores de la época, como Pedro Mártir de Anglería. Conocía el latín, el griego, el hebreo y el árabe, entre otras lenguas. Fue delegado del emperador Carlos V en el Concilio de Trento y embajador en la corte de Inglaterra, en Roma y en Venecia, donde se convirtió en una personalidad respetadísima, protector de Vasari y Tiziano, entre otros.

Escribe Mercedes Agulló en su libro
A vueltas con el autor del Lazarillo que “don Diego Hurtado de Mendoza era un hombre de una pieza, que no tenía miedo a nada, y que dirigió importantes acciones militares. Representa como pocos el ideal renacentista de unión de las armas y las letras”. Hombre extrovertido y generoso, adoraba a su hermana María Pacheco, mujer del comunero Francisco Maldonado, para quien pidió el perdón real. Mecenas de pintores y escritores, lector infatigable de manuscritos, era nieto del Marqués de Santillana, amigo de Gracián y santa Teresa de Jesús, y recibió elogios literarios de Lope de Vega: “¿Qué cosa aventaja a una redondilla de don Diego Hurtado de Mendoza?”. Su vida pública, en cambio, fue todo menos apacible: por ejemplo, siendo gobernador de Siena fue acusado por sus enemigos de irregularidades finacieras y el proceso que exigió para demostrar su inocencia se falló treinta años después con su absolución (1578).

Gozó del favor y del afecto del Emperador Carlos V, pero Felipe II, sin embargo, lo detestaba y fue ruin con él. La investigadora cree que el verdadero motivo de su desafecto “era el deseo del rey de hacerse con la biblioteca de don Diego, una de las más destacadas en la época, tanto en impresos como en su valiosísima colección de manuscritos. Le regaló al rey seis o siete baúles llenos de manuscritos árabes”.

Tras un accidente se le gangrenó la pierta, que tuvieron que cortársela. A los cuatro días, el 14 de agosto de 1575, murió y fue enterrado en el Monasterio de la Latina. La pierna amputada la habían enterrado antes, en la sacristía de la iglesia de los Santos Justo y Pastor. “¡Ah, cuando le cortaron la pierna gangrenada, no usó más anestesia que el rezo del Credo! ¡Échale temple!”, apostilla Mercedes Agulló.


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Primera documentación sobre el autor del Lazarillo

Por Pablo Jauralde

El Lazarillo va a dejar de ser anónimo, aunque tendrá que zafarse del espesor crítico de los últimos cien años, en los que las atribuciones se han disparado. Anónima fue su primera aparición impresa (1554) en cuatro lugares distintos. Tiempos de rigor ideológico, pasó enseguida al Catálogo de Libros prohibidos (1559), por lo que solo pudo leerse, y no sin riesgo, por los que osaron conservar algún ejemplar de las ediciones prohibidas, como hizo quien lo emparedó en su casa de Barcarrota. Censurado se volvió a publicar en 1573 y, a partir de entonces, compartiendo el éxito de la novela picaresca (1587, 1595, 1597…) Expurgado se leyó durante todo el periodo clásico hasta que modernamente se recuperó el texto primitivo de alguna de las primeras impresiones. Al mismo tiempo se fue pasando del anonimato a la búsqueda de un posible autor, avalado por un juicio desacertado de Menéndez Pelayo. Los historiadores actuales han trabajado casi siempre con ese supuesto, y han construido un Lazarillo distinto y peculiar, desde Bataillon a Rosa Navarro, pasando por Martín de Riquer, Caso, Redondo, Blecua, García de la Concha, Rico, Ruffinatto, Carrasco… todo un baile de erudición y filología al son del atractivo de este germen de la novela moderna que siempre despertó el regocijo del lector y las hipótesis del crítico. La obra se ha beneficiado de ese impresionante despliegue crítico, por ejemplo y por citar lo último, del cerco crítico e histórico a que ha sido sometido por el buen hacer de Rosa Navarro. El Lazarillo construido con tanto esfuerzo y primor crítico es el que se nos viene dando a leer, aligerado de erudición, en los libros de bolsillo, en las escuelas, en las antologías.

Una gran investigadora, Mercedes Agulló, va a dar a conocer una documentación (en la Biblioteca Litterae de la ed. Calambur), precariamente utilizada, nunca leída completamente, de Juan López de Velasco, encargado de publicar el Lazarillo expurgado de 1573. Los documentos señalan claramente: López de Velasco, que era el testamentario de Diego Hurtado de Mendoza, en el inventario de sus bienes relaciona, primero, los papeles propios y, luego, los que eran de don Diego y él custodiaba. Uno de estos cajones contiene inequívocamente las correcciones del Lazarillo, junto con las de la Propalladia de Torres Naharro. El hallazgo desatará ríos de tinta y comentarios de todo tipo, especulaciones e hipótesis ingeniosas; pero no hace falta ser demasiado agudo para suponer que la razón más sencilla de que el único testimonio manuscrito del Lazarillo se encuentre en un cajón de papeles valiosos de don Diego es que ése es un “papel” de don Diego, a quien la tradición más antigua atribuyó, con naturalidad, la autoría de la primera novela moderna. Así Tomás Tamayo, el bibliógrafo, toledano -Toledo fue la ciudad de juventud, la ciudad amada de don Diego-. Es imposible comentar ahora los numerosos detalles que se derivan de la documentación exhumada. Otros varios papeles originales -que habrá que ir organizando, pues están dispersos y, en lo que se me alcanza, son desconocidos-, cerrarán documentalmente la recuperación histórica de este episodio.

Hurtado de Mendoza tuvo una relación tortuosa con Felipe II, quien llegó a encarcelarle (en Medina del Campo) y a desterrarle, en años inmediatos a la difusión y prohibición del Lazarillo. El Monarca quería para su nuevo palacio del Escorial la valiosa biblioteca de don Diego, y éste, en actuación sinuosa e irónica, le nombró único heredero de sus bienes. Felipe II, incluso antes de finalizar los trámites legales -en 1576- comenzó a hacer uso de la herencia, al retirar de entre las joyas un “ídolo de oro” que regaló al príncipe don Fernando. Lo que muestra Mercedes Agulló es, por tanto, la primera prueba documental de la autoría del Lazarillo. Que entre los papeles de don Diego Hurtado de Mendoza se conservara un manuscrito con las enmiendas del texto del Lazarillo no tiene mucho misterio sobre lo que significa, aunque siempre habrá quien solicite que don Diego firme una declaración jurada confesando haber escrito la primera novela moderna.

La inmensa tarea de Agulló, que de tantas noticias a lo largo de su vida ha ido surtiendo a historiadores, culmina con esta joya, en donde la insigne paleógrafa, además, recorre varios caminos de la investigación que ella misma ha abierto. Uno de los lugares que más dará que hablar de su trabajo, minucioso y sugestivo, se encuentra en la frase aludida.

En realidad, si como dicen ahora los documentos, de mano del propio autor iba el texto expurgado por Velasco, todas las suposiciones críticas sobre los impresos precedentes pueden ser válidas; pero todas quedan supeditadas a un texto presumiblemente “castigado” por el propio autor, que también habría corregido otros muchos dislates de los impresos. Las consecuencias de este hallazgo podrían llenar cuatro o cinco páginas aderezadas con los nombres más ilustres de nuestra academia y, por cierto, no todas desacertadas. El Lazarillo nos deslumbró a todos e hicimos bien en rodearle de ese espesor crítico, que no son más que irradiaciones de una obrita genial hacia todos los horizontes. Y toda aquella melodía ha enriquecido nuestro conocimiento de la obra y de la época.

Puede que aparezca el borrador manuscrito del Lazarillo, con la letra recia y desmañada de don Diego. Mientras tanto, hay que volver a revisar todo y hay que volver a editar el Lazarillo, pero esta vez desde una autoría difícil de negar.


http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26742/El_Lazarillo_no_es_anonimo







Biblioteca Litterae: A vueltas con el autor del Lazarillo

Mercedes Agulló y Cobo
A vueltas con el autor del Lazarillo.
Con el testamento e inventario de bienes de
don Diego Hurtado de Mendoza
Biblioteca Litterae, 21
ISBN: 978-84-8359-175-8
2010. 144 págs.
PVP: 17 €

Resulta deslumbrante el conjunto documental que edita Mercedes Agulló, rodeado de circunstancias que han convertido al foco de estas investigaciones —el Lazarillo de Tormes— en uno de los enigmas mayores de nuestra historia literaria. El lector saboreará el cúmulo de huellas y relaciones que se tejen en torno a la obra y a algunos de los protagonistas de nuestra historia, ahora por fin revelados documentalmente, aproximados y contextualizados, sobre todo a partir de la figura histórica de don Diego Hurtado de Mendoza. He aquí, presentados y leídos por la autoridad de Mercedes Agulló, entre otras perlas, el conjunto documental de cajones y serones donde se conservaban los papeles de don Diego, en poder de López de Velasco, el editor del Lazarillo expurgado. Los hallazgos documentales que brindan estos papeles suscitan, sin duda, nuevas lecturas de la obra y fijan, por primera vez documentalmente, una propuesta sólida de autoría.

Mercedes Agulló y Cobo (Madrid, 1925) es licenciada en Historia por la ucm y doctora por la misma universidad con la tesis La Imprenta y el Comercio de Libros en Madrid. Siglos XVI-XVII, fuente inagotable de datos valiosos para investigadores. Entre otras ocupaciones profesionales, fue Directora de los Museos Municipales de Madrid y Ermita de San Antonio de la Florida. Es Miembro Numerario del Instituto de Estudios Madrileños. Asimismo, dirigió las revistas Villa de Madrid, Gaceta del Museo Municipal y Estudios de Prehistoria y Arqueología Madrileñas. Sus rigurosas investigaciones documentales han alumbrado las historias del libro, de la pintura, de la escultura, del teatro…; o la historia madrileña, de la que es una excelente conocedora. Entre su extensa obra, se pueden destacar Madrid en sus diarios (5 vols.), Documentos para la Historia de la Pintura Española (3 vols.), Documentos para la Historia de la Escultura Española, o Relaciones de sucesos, 1477-1619.

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Prólogo de Pablo Jauralde:

Escribo estas líneas sobre el libro de Mercedes Agulló en Roma, en donde he estado recorriendo viejas bibliotecas. Roma amontona libros, como iglesias, turistas y restos arqueológicos, hasta el no puedo más; en el caso de los libros y, sobre todo de los manuscritos, el legado supera el conocimiento, el interés y, sobre todo, el presupuesto necesario para ordenar y conocer ese universo. Letras difíciles en papeles ocultos y espacios insólitos que llevan nombre de próceres o de papas (Casanatense, Vallicelliana, Angélica, Alexandrina…). ¿Cómo va a interesar eso en la época de los ordenadores, las imágenes, las digitalizaciones, la facilidad para tener a golpe de teclado casi todo? Y, sin embargo, si nadie va ni nadie lee lo que en algún momento se decidió conservar, allá irá quedando, en las oscuras bodegas de la historia.

Mercedes vive en una casa, si bien se mira, paleográfica, con pinitos arqueológicos, en El Puerto de Santa María, en la que trabaja a diario y a la que he tenido ocasión de acudir para catar documentos exquisitos que se amontonan por todos lados, mientras charlábamos con Pilar Alcina, amiga y bibliotecaria, cuidados por un enorme alaskan malamute, de edad ciertamente avanzada, y al que trata como un documento exquisito, con familiaridad y conocimiento. O más bien cuidando de él. De cómo una madrileña de origen navarro (que entre sus muchos méritos llevó la dirección de los Museos Municipales de Madrid) ha ido a caer en ese sur maravilloso y a enredarse en amistades peligrosas conmigo se sabe más bien poco, porque empleábamos nuestro tiempo en lucubrar sobre lo que había pasado con el Lazarillo expurgado, cuya liebre salta ahora, implicando a los protagonistas de una historia complicada como la vida misma, sobre la que cabe proyectar cada vez mayor claridad gracias a los hallazgos documentales de Mercedes, quien suele exponer con familiaridad las inquinas de Felipe II contra el antiguo embajador de Carlos V, don Diego Hurtado de Mendoza, y cómo andaba tras sus libros.

Es difícil trabajar sobre documentos artísticos, literarios, históricos, y no encontrarse con algún repertorio que ella no haya exhumado y dispuesto para apoyo del investigador, al que se ahorra la localización, la frecuente y dificultosa lectura y su ordenamiento en series. Toda su vida con generosidad de investigadora que trabaja con fuentes originales y las ofrece a los colegas de sillón con orejeras, en casa. Deshaciendo letras e interpretando malos latines para ver los entresijos de la historia a través de lo que cualquier lector no avezado tendría por las manchas incomprensibles en un papel viejo.

Resulta deslumbrante el conjunto documental que ahora edita, rodeado de circunstancias que han convertido al foco de estas investigaciones en uno de los enigmas mayores de nuestra historia literaria. Dejo que el lector saboree el cúmulo de huellas, reclamos, noticias que se tejen en torno a uno de los protagonistas de nuestra historia, don Diego Hurtado de Mendoza, antes y después de su doloroso final y en circunstancias que permitirían novelar su rica biografía. Para trazarla con cierto rigor muchos investigadores como Mercedes Agulló se necesitarían. Y para seguir hablando del Lazarillo de Tormes y de su autoría se habrá de tener en cuenta las novedades que la documentación nos trae.

Quede este libro como un modelo sucinto de investigación histórico-literaria, que arranca de los días perdidos en los archivos y las bibliotecas para remontarse poco a poco, con paso cierto y documentado, hasta las páginas llenas de vida del Lazarillo, que tanto siguen encandilando al buen lector, quien ahora quizá decida leerlas sobre un fondo autorial distinto.

Reseña: Poesía y edición en el Siglo de Oro, de Ignacio García Aguilar

Revista Iberoamericana, [Año IX (2009). No. 36]

Ignacio García Aguilar: Poesía y edición en el Siglo de Oro. Madrid: Calambur. 2009. 442 páginas

Por Antonio Sánchez Jiménez

Las de 1543 y 1648 son dos fechas clave en la historia de la lírica impresa del Siglo de Oro, pues marcan respectivamente la aparición de las Obras de Boscán y Garcilaso y del Parnaso español de Quevedo. Los 105 años que los separan fueron esenciales para la lírica en castellano, que vivió una transformación total tanto en sus objetivos como en su contexto y consideración social. La lírica culta no religiosa de comienzos del siglo XVI que culmina en el libro de Boscán y Garcilaso debe entenderse en su ambiente cortesano. Era una de las habilidades que adornaban al caballero, y por tanto tenía tanto sus productores como sus receptores y sentido en el exclusivo contexto de la corte, donde servía para estrechar los vínculos entre determinados nobles. La concepción del género como adorno poco prestigioso en contraste con otras formas literarias comenzó a cambiar precisamente tras la publicación póstuma de las Obras de Boscán y Garcilaso. Desde entonces, la lírica del siglo XVI pasó por un proceso de autoafirmación tras el cual consiguió finalmente el reconocimiento como modalidad literaria elevada y prestigiosa, hasta llegar al momento en que Quevedo pudo orgullosamente preparar su producción para la imprenta, a mediados del siglo siguiente.

Estas dos fechas, hitos en la historia de la literatura áurea, marcan el perímetro del libro de Ignacio García Aguilar. Poesía y edición en el Siglo de Oro es un erudito y exhaustivo estudio de la lírica impresa afrontado desde el punto de partida de los paratextos, es decir, los cotextos
—portada, preliminares— que acompañan al texto y que, junto a él, contribuyen a formar el significado del libro. García Aguilar comienza analizando los diferentes paratextos —portadas, aprobaciones, etc.— y examinando su evolución cronológica desde 1543 hasta mediados del siglo XVII. Sobre esta base empírica, el autor construye un capítulo final (“Una propuesta de análisis diacrónico y tipológico”) que resume los hallazgos del libro y estudia las implicaciones de los mismos. El resultado de esta disposición es un producto excepcionalmente sólido, firmemente basado en copiosos datos, sus fuentes primarias: 193 ediciones de lírica áurea enumeradas en el apéndice. Además, es un trabajo plenamente consciente de la bibliografía secundaria, que aprovecha o al menos reseña, dependiendo del caso, de modo ejemplar.

García Aguilar abre el libro con espíritu de recontextualización, llevando a cabo un repaso de la normativa legal sobre la publicación de libros en el Siglo de Oro que presta especial atención a la historia de las ordenanzas reales sobre la imprenta, y también al papel de la Iglesia en la censura de libros. Estas páginas incluyen reflexiones de sumo interés, como las que versan sobre la Junta de Reformación, cuya influencia sobre la imprenta española ha sido estudiada en trabajos clásicos como los de Jaime Moll (1974) o Anne Cayuela (1993). Tras este panorama inicial, García Aguilar sigue construyendo su base contextualizadora estudiando la influencia que ejercieron en los libros áureos diversos elementos materiales del taller de la imprenta. Especialmente interesantes son las páginas que dedica a la evolución y función del frontispicio, cuya relación con la emblemática el autor pone de relieve. En esta sección, como en el resto del libro, García Aguilar utiliza con admirable soltura la tradición bibliográfica hispánica, anglosajona, francesa e italiana, aunque no se limita en absoluto a repasar lo ya escrito sobre el tema por autores como Pierre Civil, Aurora Egido, Felipe B. Pedraza Jiménez o Pedro Ruiz Pérez. García Aguilar aporta también sus análisis propios, casi siempre relacionados con la interacción entre lírica impresa y su contexto: la sociedad áurea en general y el mercado editorial en particular.

Por ejemplo, García Aguilar entiende la evolución de los frontispicios a lo largo del Siglo de Oro como un síntoma del enaltecimiento del género lírico: la lírica secular pasó de ser menospreciada por la tradición medieval y humanista a ser celebrada por sus cualidades a partir de las últimas décadas del siglo XVI, y esto se percibe en el progresivo enriquecimiento ornamental y simbólico de los frontispicios. Otro ejemplo es la lectura que García Aguilar hace de la evolución del formato, letrería y puesta en página de los libros de lírica. El autor repasa primeramente los cambios más importantes del campo —la invención del octavo (pp. 197-204) o el paso de tipo gótico a tipo redondo— y explica a continuación, a la luz de la bibliografía existente y de reflexiones propias, cómo debemos entenderlos en el contexto mercantil del momento. Una tercera muestra la constituye el modo en que García Aguilar trata el caso de las aprobaciones: primeramente resume ampliamente y con lujo de detalles la legislación acerca de las mismas, y después analiza un aspecto concreto en su evolución que resulta esencial para comprender la lírica áurea. Se trata del cambio en el contenido de las aprobaciones, que a lo largo del siglo XVI comienzan a acompañar las acostumbradas consideraciones morales con reflexiones o juicios estéticos. García Aguilar lo ejemplifica con el caso de Alonso de Ercilla, en cuyas aprobaciones de diversas obras de lírica de la época encontramos comentarios acerca del gran esfuerzo que dejan ver dichas obras. García Aguilar relaciona hábilmente este detalle, estudiado por Víctor Infantes (1991), con uno de los hilos conductores de su Poesía y edición en el Siglo de Oro: el importante cambio en la consideración de la lírica que se dio entre 1543 y 1648. El que Ercilla enfatice el trabajo del poeta supone una defensa de la dignidad de la lírica, que ya está muy lejos de ser el producto de la ociosidad y sprezzatura de los cortesanos renacentistas como Boscán y Garcilaso. El desplazamiento de los centros de producción y consumo de la lírica desde las cortes y círculos de nobles amigos hasta las ciudades de fin del siglo XVI afectó profundamente la consideración, motivación y distribución de la lírica. Gracias al público urbano y a la imprenta, que permitía alcanzar este público masivo, los autores líricos convirtieron la lírica en un producto del trabajo, en un negocio, totalmente opuesto al ocio que inspiraba al género en época de Garcilaso. Se trata de un cambio fundamental, que influyó notablemente en el modo de leer lírica. Esto se debe a que con este cambio la poesía mélica pasó de un contexto delimitado, en el que todos los agentes participantes en el proceso de producción y recepción eran conocidos, al maremagno de la ciudad y del mercado. En la nueva situación, dominante a partir de la segunda mitad del siglo XVI, el lector rarísimamente conocía al autor o era consciente de las circunstancias concretas a las que aludía un poema. Por tanto, el lector necesitaba un código interpretativo que le ayudara a leer los poemas, como, por ejemplo, una ordenación —biográfica o no— o una serie de paratextos (pp. 184-185). Esta reflexión sobre la importancia del mercado, sutil pero claramente evidenciable en la retórica de las aprobaciones, es uno de los ejemplos de cómo García Aguilar utiliza los paratextos para explicar la lírica áurea, y de cómo se apoya en datos empíricos —la labor de Ercilla, en este caso— para llegar a las tesis centrales del libro, dando cohesión al mismo.

En este rico recorrido por los diversos paratextos, todos debidamente analizados para explicar su relevancia para la lectura de la lírica, destacan una serie de temas recurrentes que podemos encontrar estudiados en diversos capítulos del libro, y luego convenientemente resumidos en el capítulo final (la aludida “Propuesta de análisis diacrónico y tipológico”). Uno es el papel pionero de Lope de Vega, cuyo uso revolucionario de la imprenta y, por tanto, de todos los paratextos que acompañan a la lírica impresa, García Aguilar pone de relieve. García Aguilar analiza cómo el Fénix usa los frontispicios y sus emblemas —como el conocido centauro de las Rimas y varias Partes de comedias—, los múltiples retratos, los prólogos, las famosas dedicatorias, las aprobaciones, etc. Por ejemplo, García Aguilar parte del estudio de los retratos y títulos de las colecciones lopescas para reflexionar sobre la ordenación de los libros de lírica. El autor estudia la fortuna de la ordenación biográfica petrarquista en Italia y en España, y relaciona la renovación que ejemplifica la lírica lopesca con la profesionalización del autor. Es decir, si Lope difunde sin cesar sus retratos y acuña títulos relacionados —Rimas (1604), Rimas sacras (1614), Rimas humanas y divinas del licenciado Tomé de Burguillos (1634)—, alusivos a cíclicos procesos de pecado y arrepentimiento, ello se debe a la necesidad de promocionarse y de justificar un producto nuevo y distinto cada vez, pero pese a ello reconocible y consumible como “de Lope”. En este sentido, García Aguilar presta especial atención al hecho de que los libros de lírica españoles abandonan generalmente la estructura biográfica del Canzoniere y optan, a partir del último tercio del siglo XVI, por una variedad de metros y temas que atraiga y distraiga al lector (p. 221) —como estudia García Aguilar a partir de un riguroso análisis de la evolución de los títulos (pp. 254-272)— y que llega a incluir, ya entrado el XVII, poemas mitológicos narrativos (pp. 241; 247). Como explica García Aguilar, la profesionalización del autor exige abandonar el modelo del Canzoniere. Un autor profesional tiene que publicar algo cada cierto tiempo, y no se puede permitir esperar hasta el final de su vida para publicar su lírica y a ordenarla entonces de acuerdo con un ciclo de enamoramiento, muerte de la amada y arrepentimiento (p. 144), como pedía el modelo biográfico petrarquista. Esta exigencia, unida a la necesidad, ya analizada, de agradar el gusto del público lector, influyó decisivamente en la ordenación de los libros de nuestra lírica áurea, como ejemplifica el caso lopesco.

Además, Lope le sirve al autor de Poesía y edición en el Siglo de Oro para ejemplificar la evolución en el concepto del decoro que se da a finales del siglo XVI. García Aguilar entiende el decoro como la adecuación o equilibrio entre res y verba, tema y estilo, y relaciona la primera parte del binomio con la inventio y el docere, y la segunda con la elocutio y el delectare (pp. 107; 118). La renovación barroca implica para el autor la ruptura de este equilibrio a favor del segundo de los grupos —estilo y elocutio— y a favor, por tanto, del gusto frente a lo justo, por expresarlo con una rima lopesca. García Aguilar estudia este paso que tienen en común Lope y sus enemigos, los cultistas, como una consecuencia de los factores económicos a los que tanta atención presta Poesía y edición en el Siglo de Oro: puesto que con la imprenta y la ciudad la lírica se ha convertido en un producto de consumo, es lógico que el gusto del público consumidor acabe determinando las reglas del juego.

Esta atención especial a Lope de Vega —reconocida por el propio autor (p. 137)— no debe hacernos limitar Poesía y edición en el Siglo de Oro a una monografía en potencia sobre el Fénix, porque el libro es mucho más que eso: los ejemplos sobre Lope son abundantes y apasionantes, pero en absoluto los únicos. Por ejemplo, resulta especialmente interesante el estudio de otros autores plebeyos y protoprofesionales que también utilizaron magistralmente la imprenta, como Jorge de Montemayor; de escritores eruditos que emplearon la lírica impresa para hacerse un lugar en el campo literario del momento, como Fernando de Herrera —también ejemplar y extensamente estudiado por García Aguilar—; o de autores que buscaban en la impresión de su obra beneficio económico en tiempos difíciles —Góngora— o un lugar en el Parnaso literario del momento —Quevedo—.

En suma, Poesía y edición en el Siglo de Oro es el libro más completo sobre la poesía áurea que ha aparecido en los últimos años: es a un tiempo erudito y ameno, riguroso y original. Pese a ello, en su por otra parte encomiable exhaustividad deja a veces notar que procede de una tesis doctoral, hecho que explica, por ejemplo, que el autor se considere obligado a incluir una especie de apéndice sobre la publicación de obras líricas en centros periféricos como Valencia, Lisboa o Amberes, que resulta un poco ajeno a la exquisita estructura del libro. Su rigor no excluye algunos errores —de erratas está casi totalmente limpio, pues sólo hemos notado una, la falta de la nota 28—. Por ejemplo, García Aguilar escribe consistentemente “Vander Hammer” en lugar de “Van der Hammen”, y cae en el tópico de indicar que La Dragontea lopesca no menoscaba al enemigo inglés (p. 36), aunque en la obra notemos que la inspiración inglesa es el diablo y que Draque acaba su existencia retorciéndose de dolor mientras su alma baja precisamente al lugar que, según Lope, merecen él y todos los herejes ingleses, el infierno. Poesía y edición en el Siglo de Oro compensa con creces estos mínimos defectos, pues ambos podrían ser perfectamente justificables —la grafía del nombre de Van der Hammen es errática ya desde el siglo XVII, y el tópico sobre La Dragontea viene avalado por la autoridad de, nada más y nada menos, Joaquín de Entrambasaguas—. Para empezar, Poesía y edición en el Siglo de Oro comparte con otra obra de García Aguilar —Imprenta y literatura en el Siglo de Oro: la poesía de Lope de Vega (2006)— grandes cualidades que hacen que sirva como ejemplar obra de referencia sobre varios temas, destacablemente la evolución de la imprenta áurea en todos los aspectos relacionados con la lírica. Además, su impresionante dominio de la literatura primaria y secundaria, junto con la profundidad e importancia de sus reflexiones sobre el contexto de la lírica del Siglo de Oro, hacen de Poesía y edición en el Siglo de Oro un libro esencial, y una lectura obligada para especialistas.